Cometí la imprudencia de ir a un supermercado en Quito, ubicado en la doce de octubre al norte de la ciudad y aunque este relato pueda ser tan solo un día más en la vida de cualquiera, es preciso que lo escriba como indignación acumulada y cada vez más reiterada por el asco de sociedad en la que vivimos. Cabe recalcar que fui para obtener cierto producto que no se podía conseguir en otro lugar.
Como era de imaginarse al entrar empecé a observar un desfile de apariencias a cargo de todas las edades. Los colores y las tonalidades del poder adquisitivo del dinero, se mezclaban entre las miradas curiosas e impúdicas mientras escogían productos tan sencillos como costosos, tan excesivos como innecesarios, en fin… me acerqué muy rápidamente a la fila “exclusiva” para consumidores de 1 a 10 productos, claro que si la vista de los cajeros advierte que su compra excede a este número, muy cordialmente y con tono burlón leerán el gran letrero que remarcará su falta de capacidad visual.
Mientras esperaba que me atiendan noté que las personas se agitaban y susurraban entre ellas algo indescifrable, que empezó a tomar significación cuando miré que en la caja estaba siendo atendido un mendigo que compraba una botella de licor, escarbaba en sus bolsillos por monedas, obviamente su “capital” no era suficiente, todos los ojos que lo miraban se agachaban sintiendo vergüenza ajena, el cajero esbozaba una mueca disfrazada de sonrisa mientras extendía la mano esperando que cancele en su totalidad. Su amigo, otro señor mendigo se acercó y con muchas monedas completaron la exorbitante suma de tres dólares… el tiempo se detuvo en esos momentos, toda la atención se concentró en ellos, como nunca antes habían sido los protagonistas de una escena del teatro de los poderosos, que solo logró calmarse cuando sus pies cansados de buscar abandonaron en circo. El cajero se reía y comentaba con gracia la hazaña… luego una familia avanzó en la fila, eran muchos y lo que compraban muy poco, tampoco eran del estándar que aquel tipo gustaba atender así que con desgano emitió la factura y en cuanto salieron volvió a su oficio de la crítica, solo cuando un alto hombre bien vestido y con tarjetas que compró una cajetilla de cigarrillos y una botella de vino, pudo dejar fluir sus más nobles modales para extender su mano y recibir la tarjeta, marcar el código, sonreír , guardar los productos en la funda y gritar un gracias del cual no siguió ninguna crítica por parte de él, pero si por parte de mi madre y mía, a la cual respondió como todo patán con groserías… ¡Pero es el momento de ver ahora quien critica a quien…!
Estoy segura que nos son todos los cajeros, aún tengo la esperanza de que no hayan muerto todas las muestras de humanidad, pero este tipo en especial hizo despertar en mi una saludable crítica sobre las clases sociales de poder, las opulentas, ¿las únicas merecedoras de respeto acaso? Pues bien, veamos quien merece más respeto.
1. Aquella familia que aunque no vestía de lujo compraba con mucho esfuerzo algo para comer o aquella mujer que gastaba en trivialidades en dinero por el cual no trabajo pero que guarda con amor y se hace visible cuando saca la tarjeta de crédito.
2. Aquel mendigo que día a día sobrevive a la vida o el hombre opulento que compra y compra y sobrevive a las apariencias.
3. Aquel cajero inhumano que hace mofa de quien pude comprar y de quien no lo puede hacer, que olvida que todos están dejando dinero para poder pagarle su sueldo.
Como seres humanos todos merecen respeto, pero el sentido de aquella palabra se ha perdido tras don dinero y sus secuaces del poder, que triste hallarnos en funciones tan miserables, que triste derrochar los días y ver pasar la vida en cuatro paredes plagadas de inhumanidad.
Por: Francisca Espinosa
martes, 9 de febrero de 2010
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